Durante años aprendí — como muchas personas — que mi valor dependía de cuánto hacía por los demás. El síndrome de la buena persona tiene nombre, pero cuando lo vives desde dentro, solo sientes el agotamiento y el vacío.
Que decir no era sinónimo de decepcionar. Que descansar era un lujo que había que ganarse. Hasta que mi cuerpo, mi mente y mis relaciones me dijeron basta.
Ser con Balance nació de ese momento de quiebre. De la necesidad de encontrar herramientas reales de bienestar emocional — no frases bonitas. Métodos prácticos basados en la autocompasión, no promesas vacías.
Hoy acompaño a personas que, como yo, aprendieron a ponerse en último lugar. Y juntas reaprendemos que elegirse no es egoísmo. Es el principio de todo.